Los que me conocen bien, saben que no me gusta el fútbol. Nada.
Desde que nací, se jugaron en el mundo quince mundiales; este es el dieciséis.
Solo recuerdo cuatro.
El primero, a los doce años. El director técnico de la selección no convocaba a Maradona y muchos nos quedamos desinflados.
A la final, Argentina-Holanda y nuestra primera copa.
Todo bajo una despiadada dictadura militar. Y sí… Salí a festejar.
En el ochenta y dos, y bajo la misma infame dictadura, Maradona jugaba su primer mundial con veintiún años.
Un día después del pitido inaugural, terminaba la guerra de Malvinas, con un saldo de mil muertes entre quienes lo hicieron combatiendo y los que se suicidaron después.
La mayoría no llegaba a los veintiún años.
El tercero, el del ochenta y seis. La mano de Dios y el gol del siglo.
Una muy sentida y simbólica revancha y al mismo tiempo insignificante.
Argentina, campeón.
Y por último, el año noventa y cuatro y el famoso “me cortaron las piernas”.
Ya te diste cuenta… nunca me importó el fútbol, solo me importaba Maradona.
Hoy estoy muy contento. Después de otra emotiva revancha ganada a Inglaterra, el mundial lo tengo amortizado.
Y como guinda, Argentina y España en la final. Yo ya gané.
¿A quién quieres más? ¿A mamá o a papá?, me preguntaba ayer mi amigo Manolo.
La verdad, literalmente, siempre he querido muchísimo más a mi mamá.
Pero la respuesta a Manolo es: que gane el mejor.
Mi interés por el fútbol murió gordo, con sesenta años, el veinticinco de noviembre de dos mil veinte, a la una de la tarde.
