Después de un par de años que no lo veía, el último diciembre, me llamó un amigo para felicitarme por mis cincuenta y nueve primaveras. Hasta acá todo normal. Pero cuando le reclamé con cariño que hacía tiempo que no nos veíamos y que lo extrañaba, me dijo que no quería gente con mis ideas políticas en su entorno y que prefería alejarse.
Chupate esa mandarina.
Me gustó mucho la estricta sinceridad de sus palabras, casi administrativas. Dolieron.
Nos reíamos mucho. Colaboramos en nuestras empresas con ideas que construían calidad o beneficios para los dos y para los clientes. Viajamos juntos, compartimos borracheras y muchas, muchas risas.
Un día, viajando a su pueblo y contando anécdotas varias y tontas, nos pasamos sesenta kilómetros por estar partiéndonos la caja en el viaje.
El día que le conté que me separaba de mi pareja y yo estaba por los suelos, me dijo: “¡Esto hay que festejarlo!” y explotamos a reír.
¿Qué pasó? No sé muy bien.
Lo que está claro es que mi amigo tomó una decisión.
También pasó que cambiaron sus valores y prioridades, los míos también.
Este año, nos juntamos un rato por la mañana a que me mirara desayunar; él toma solo agua por una dieta estricta que sigue para durar muchos años.
Estuvimos hablando un rato, el suficiente para confirmar que nada será lo que fue.
Las risas pasaron a ser muecas forzadas y desconfiadas.
Qué misterioso el camino de una relación, cualquiera. Vas caminando junto a una persona tranquilamente y aparece esa “V” en el camino que es insignificante. Si estiras un poco la mano, se tocan. Un árbol por medio, cuatro piedras y listo. La distancia se agranda sin pensar, sin querer, sin remedio. Y cuando crees que todavía te escuchan, te encontrás hablando solo.
Sirva esto para darte las gracias. Gracias por tu valiosa y querida compañía durante muchos años divertidos.
Como siempre bien decías: “Es lo que nos vamos a llevar”.
