No sé cuántos años tendría. Demasiado grande para ser niño y demasiado niño para ser grande.
Mi abuela nos había anunciado, a mi hermano y a mí, su extraña intención de llevarnos al circo. Nunca había pasado algo parecido.
Bien temprano, como siempre, allá vamos. Casi a esperar que abran.
Era un día de verano muy limpio. Encontrar asiento del lado de la ventanilla siempre fue un regalo del universo para mí. Hasta hoy.
Mi hermano, más chico, y mi abuela, unos asientos más atrás, hablaban del futuro de la tarde. Yo, saboreando mi privilegiada situación, miraba absorto la vida automática de la calle.
Seguro que era sábado. La gente es de una manera de lunes a viernes, los sábados de otra y los domingos… domingos.
Entre las miles de cosas que jugaban en mi cabeza, pensaba en los payasos. Esos muñecos de carne blanca con mala suerte. Solo pensar que los iba a ver otra vez en directo me anudaba un poco el estómago.
Y llegamos. Como siempre, temprano. Tan temprano que todavía estaba saliendo la gente de la función anterior. Hicimos tiempo en un bar, no el suficiente, y volvimos a la puerta. Nada. Faltaba media hora más. Como mínimo, media hora más. Dimos una vuelta alrededor de la carpa, y ahí estaba, sin piedad esperándome.
El final de mi inocencia.
Un payaso, sentado en un banco de madera, con la nariz color piel, sin peluca y fumando. Transpirado y mirando fijamente la nada, me dijo sin hablar: “Es así. Es lo que hay”.
No recuerdo nada de la función.
El sol se metía y me tocó ventanilla otra vez.
¿Lo contaría a mis amigos? A los más chicos, por supuesto, no. ¿Y a los más grandes? (los que te contaba el mail pasado) Definitivamente NO.
Se reirían y burlarían. Ellos hablaban de fumar, de novias, de gambas…
Yo miraba con angustia cuando escuchaba: “¡Mira qué gambas tiene esa mina!”, sin poder adivinar diferencia alguna con las piernas de mi madre o mi abuela.
Pero creo que ese payaso humano, que todavía dolía, fue el que me hizo ver, por primera vez, “las gambas de una mina”.
Las que ahora cruzaban la calle esquivando un charco.
Las que, desde ese día, buscaría entre todas las demás.
Ese sábado no sería uno más. Sería el día que perdí la inocencia entre payasos y gambas.
