Mi infancia estuvo marcada por la violencia.
La que mi padre hacía sobrevolar en el ambiente, con su presencia y con su ausencia.
«Ya verás cuando venga tu padre» nos recordaba mi madre a mi hermano y a mí.
Y sí… era lo «normal.»
Aprendí muy pronto lo que significaba ser “un cero a la izquierda”.
Así definía mi padre a mi madre, literalmente.
Y crecí con eso.
Admirando y copiando esa figura paterna.
Reforzándola con un grupo de amigos igual de básicos que yo, donde las mujeres no tenían ningún lugar.
“Todas son putas menos mi madre y mi hermana.”
¡Qué nivel, Maribel!
Mi primera relación sexual, mi primera amiga de verdad y mi primer libro fueron abriendo poco a poco una grieta en todo aquello.
Grieta por donde se coló la primera gran depresión de mi vida.
De las auténticas.
De las que no se curan hablando con los amigos.
Esas que te llevan al servicio de psicología del hospital del barrio.
Y allí empezó algo mucho más difícil, aprender a desaprender.
A cuestionarlo todo.
A mirarse al espejo.
A intentar, con muchísima dificultad, no repetir el «modelo.»
Cada vez que escucho hablar de feminismo, lo primero que se me viene a la cabeza, es mi madre y lo que tuvo que pasar.
Hoy, 8 de marzo, la foto mental es mi madre caminando en la marcha.
Defendiendo sus derechos y los de todas, para que nunca más se repita ese «modelo» que, por suerte, poco a poco se empieza a desdibujar.
¡Muy buena semana! Nos leemos pronto.
