Hace 251 días que llegué al pueblo. Ya te conté que es muy pequeño.
En cualquier edificio mediano de Madrid vive más gente.
Hoy puedo decir que hay más de cincuenta personas que saben mi nombre y dónde vivo. Hay varios más que también lo saben, pero yo no.
Las relaciones son muy cercanas por aquí. Mi sobrina se vino unos días y ya sabe «casi» todo el pueblo quién es.
Aquí gritan tu nombre por la ventana y te pasan un táper con pisto para que pruebes.
Tenemos un cajero, el correo, tres bares, un estanco que funciona como pequeño supermercadito y dos guardias civiles. El ladrón murió este año. En enero.
También está la iglesia. No usamos más el reloj. Se cuentan campanadas.
Hay dos momentos del día que son un poco confusos. Al mediodía y a la medianoche.
Las campanas suenan una vez a las doce y media, una vez a la una y una vez a la una y media. Si no estás muy fino, te pierdes.
Aquí escuché por primera vez las campanadas de los muertos. Creo que termina con dos golpes cuando muere una mujer, y tres cuando es hombre.
Otra señal del tiempo son los gallos. Cinco y media de la mañana cumplen la implacable función de interrumpir cualquier sueño. No son muy fiables. Si algo los asusta a mitad de la noche, también cantan.
Hay ovejas, cabras, caballos, perros y muchos gatos. Un autobús a las siete de la mañana y otro a las siete de la tarde.
Y como un gran dragón dormido, el río. Este año despertó en febrero, después de muchos años, y se comió varios barcos y a un hombre.
Hay dos formas de sortearlo. Cruzando su lomo con una barca o sobrevolándolo con una tirolina.
Si lo logras, te premia con una hora más de vida en Portugal. Si vuelves, te la cobra sin piedad.
Si la biología quiere, cumpliré mis primeros sesenta años el quince de diciembre y mi primer año en el pueblo. Sí, llegué el día de mi cumpleaños.
Me hubiera gustado conocer antes este lugar. Hay muchas cosas lindas que hacer por aquí.
