«Si querés escribir, hacelo siempre a una hora y en el mismo lugar». Esto me decía Perinelli, un profe de historia que tuve a los veinte años. Además, «no importa si no escribís nada. Mira la hoja en blanco».
La verdad es que no puedo. Me pongo delante y el cursor titila, me genera ansiedad y miro la hora. Controlo la batería del portátil. Busco en el teléfono ideas viejas que ya no me parecen ideas.
Me levanto, lavo los platos, voy al baño, me vuelvo a sentar y nada. En blanco.
Abro cajones de mi cabeza que estaban cerrados hace tiempo y me pongo triste por recordar algo que no irá a esta página.
Miro el correo. Miro por la ventana. Me acuerdo de Serrat: «Hoy las musas han marchao de mí…»
Otra vez el reloj, la batería, el teléfono. Blanco.
Me pongo a teclear esta idea de página en blanco y creo que te mereces mucho más. Pero me agarro a un clavo ardiendo y sigo tirando de la cuerda.
Se cruzan mi madre, mis fotos, Madrid, Argentina, mis mudanzas, yo como inmigrante ¿invasor? Ceuta.
Se llenan los pulmones de melancolía y se vacían de un suspiro.
Escucho risas en el bar y quiero una caña frente al río. ¡Ya!
Cuando veo media página, me siento mejor. No hay historia todavía, pero algo me va hablando.
Tal vez hay que abrir esos cajones y enfrentar lo que sale. Aunque huela feo.
No sé. Hay días que la foto no sale.
«Por hoy lo dejamos acá» decía mi analista. Me espera esa caña.
