Hace un mes, más o menos, entró por la puerta del chiringuito del pueblo un chico muy simpático y levantó su cerveza para brindar con todos por el mejor día de su vida.
Por supuesto, levanté mi cerveza y brindé con él, y además le di un abrazo. No todos los días se puede anunciar tremenda sentencia.
Me contó que simplemente estaba feliz. Que el viaje era mágico, que venían desde Francia en tres veleros con una panda de amigos y que todo estaba saliendo insultantemente bien.
Hablaba, en un digno español, de cielos negrísimos infectados de estrellas, de amaneceres postaleros y de lunas rechonchas en medio del mar.
Hasta aquí, el típico viaje de ensueño.
El tema vino al preguntar por su vida en general, las básicas: trabajo, hijos, años…
Treinta y cuatro años, cinco de depresión profunda y dos intentos de suicidio.
Ah.
Para los “cuñaos” que piensen que “son llamados de atención”, “el que quiere matarse de verdad, se mata” y todo lo típico que dicen los terapeutas de la universidad de la calle, les cuento:
En un ataque de ansiedad insoportable, se clavó un cuchillo de cocina en la muñeca izquierda, que le atravesó el brazo.
Del dolor se desmayó.
En la cicatriz que me mostraba le podías hundir un dedo. Un amigo lo encontró a puntito de empezar otro viaje.
La segunda vez trató de ser más efectivo.
Se tiró de un quinto. Y sí, sobrevivió.
Muchas costillas rotas, un palmo de cicatriz en la cabeza y varias costuras por todo el cuerpo.
Evidentemente, ganas tenía.
Cuando despertó en el hospital, prometió que sufriría todo lo que tuviera que sufrir, de este lado.
Mi intachable cobardía impidió que hiciera nada parecido, hace unos años, cuando cerré la escuela y empezó una etapa muy oscura en mi cabeza.
Lo que sí puedo compartir con el doblemente resucitado francés, es el negro sentimiento de que “ya nada tiene sentido”, por un lado. Y por otro, la experiencia de volver a conectar.
Volver a sentir la magia del sol en la cara. De levantarte con ganas de un café. Sin culpa.
Volver a querer a la gente que quería.
La sensación en el cuerpo de que vuelven a ser importantes.
Ese día, porque es un día. Muy claro y muy específico, llamé a mi hermano y le dije:
Hace dos años que estoy dormido. Ya está, ya pasó.
Si estás pasando por algo así, que sepas que se pasa.
Y sabiendo eso, ya puedes empezar a planificar tu viaje de ensueño y brindar con el personal de un bar cualquiera, por el mejor día de tu vida
