Conocí a una mujer especial. Muy especial. Este tipo de persona que reboza energía y, para más, contagiosa.
Con sesenta años que no aparenta, es directora en una gran empresa.
Me decía que estaba hasta el coño del trabajo y que “solo quería tiempo”.
Que estaba esperando que la echaran y que entonces se dedicaría a atender una gran casa rural que YA TIENE en propiedad.
Eso NO va a pasar, le dije, porque sos muy buena en lo tuyo y no te dejarán ir nunca. El tema es cuánto valoras tu libertad y tu tiempo.
Hace un par de años me corté el tendón del meñique de la mano izquierda. El más común de cortar, según mi amigo Vicente, el cirujano.
Los dos días en el hospital me parecieron eternos. Los días siguientes con la mano inutilizada, peor.
Cuánto daría para que esto no me hubiera pasado.
Cuánto valoré la tan ignorada mano izquierda.
Quién me iba a decir que me operarían dos veces más… Horrible, demoledor. Y todavía falta una.
Yo no tenía elección. El dedo quedó colgando.
¿Pero ella? ¿Vale la pena estar especulando con tu tiempo de felicidad?
Estamos hablando de alguien que me confesó tener un coche de setenta mil euros y me mostró las fotos de su impresionante casa rural, lista y propia, en un lugar increíblemente bello.
NADA de esto me impresiona, porque si no tuviera nada, es multimillonaria en la tan ignorada actitud vital.
Me estaré haciendo viejo, pero ya no me seduce el último modelo de casi nada.
¿Tú cómo lo ves?
