Una confesión: Sé nadar

Hoy vivo a la orilla de un hermoso río y mi relación con el agua es nula. Cero.

Durante toda la vida repetí siempre que no sé nadar y es mentira. Sé nadar.

Sé nadar, bucear, tirarme de cabeza, hacer la plancha… Pero le tengo verdadero pánico a no hacer pie. 

Tengo miedos que nunca se irán, pero convivimos respetuosamente.

No sé cómo explicar la sensación… Se acelera el corazón a mil revoluciones y se tensan los músculos hasta quedar duros, mientras una pinza interna me aprieta los pulmones y no puedo respirar. Pienso que ya estoy muerto y mi desesperación se descontrola. Más o menos así.

De muy chico, mi madre me llevó a una colonia de vacaciones y teníamos clases de natación.

La mala suerte quiso que me topara con un profesor imbécil. En mitad de la piscina, quise hacer pie en tres metros y medio y me hundí sin más.

La estrategia del iluminado fue esperar a que saliera. La sensación de no salir nunca se quedó en mi cuerpo grabada para siempre.

Veo la superficie muy arriba, muy lejos y mi angustia disparada, dando violentos manotazos y tragando agua con cada reflejo por respirar.

Para colmo, el imbécil suelta un desafío de lo más pedagógico: “O te tiras de nuevo o no entras más”. Creo que mi respuesta es fácil de adivinar.

Tampoco ayudó mucho que la primera muerta que vi en mi vida se ahogara en una piscina de jardín.

Se llamaba María Eugenia y tenía once años. Yo seis.

Mi madre me llevó a su velorio y me hizo darle un beso en la frente. ¡Dios, estaba fría! 

De adolescente y por no quedar en ridículo, me metí en el mar junto con los y LAS amigas.

En el primer descuido, entré en un pozo negro sin poder hacer pie y con mis “acuaepilépticas” convulsiones, como motor fuera de borda, terminé revolcado en la orilla por una ola, con medio culo al aire y masticando arena.

No sé cómo será mi relación con el Guadiana; por ahora lo miro desde el chiringuito con una cerveza fría y los pies secos.

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